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Monday, February 21, 2005
Saboreando Brasil (Revista Placeres, Enero/Febrero 2005, Edición 2)
Por Liz Caskey
Cenando sola en el bar de Sushi Leblon, el restaurante de sushi más delicioso de Río, el último “bocado” en mi plato me mira fijamente: un nigiri de atún fresco de color rojo claro, brillante como una joya. Una forma perfecta de terminar esta culinaria odisea orgásmica de pescado fresco en que embarqué inocentemente una hora atrás.El motivo principal de este viaje a Rio y Sao Paulo es simple: visitar amigos y entender el panorama gastronómico brasilero. En mis viajes anteriores a Brasil, la exploración culinaria no recibió la atención que merecía. Tengo que compensar ahora el tiempo perdido.
Me ha sido imposible no caer en el placer sensual de probar los “goodies” y riquezas culinarias de Brasil. Me rodean. Me tientan, me intoxican y me dejan queriéndo probar más: Agua de coco helada después de una corrida por Ipanema; camarones fragantes perfumados con lima cocidos a la parrilla en la playa misma; bares de jugos exóticos en cada esquina con por lo menos 30 frutas no-identificables (todos necesito probar); la proliferación de lanches (cafeterias) sirviendo de todo, desde salgados árabes, coxinhas, pastéis hasta sandwiches contundentes como los beirutes. Estoy oficialmente obsesionada con encontrar el mejor jugo de maracuyá, cafezinho y sí, atún fresco.
Uno de los puntos culminantes de este viaje fue una mañana en el Mercado Municipal de Sao Paulo. No sabía qué esperar por la condición deteriorada de la zona en que se encuentra. Las apariencias pueden engañar. Adentro, el mercado es perfectamente limpio y nuevo. Sus puestos, son almíbar puro para los ojos, con pilas y pilas de frutas tropicales artísticamente arregladas y agrupadas por todas partes. Otros puestos ofrecen 20 variedades de aceitunas, bacalao, cajú, frutos secos, quesos locales y gourmet, anchoas, linguiça y salami, tomates secos dulces, especias, hongos salvajes secos, lo que te puedas imaginar. Montones y montones de camarones abundan (en 7 tamaños a precios ridiculamente bajos). Después de varias vueltas, probando de un vendedor a otro, me quedo abatida y en estado de sobrecarga sensorial. Todo parece ser una película erótica con comida como telón de fondo—tan vibrante, tan excitante, completamente sugestivo. Hago la cola para un almuerzo rápido en un lanche popular para probar esos sandwiches a la plancha que tienen por lo menos a 50 paulistas esperando en cualquier momento (se escoge mortadella, pavo, o charqui con queso, cebolla morada caramelizada, y tomate seco dulce). Alucinante.
Me esfuerzo para lograr tener una perspectiva universal de la gastronomía en Brasil—cenando en los restaurants muy “chi-chi”, almorzando en cafés de barrio, “snacking” en picadas, merodeando los supermercados para ver qué comen los brasileros en sus propias casas, y visitando las ferias libres el fin de semana. Quiero comprender qué hace girar a Brasil—estómago primero. Se siente como una cultura que aprecia comer bien en todas sus manifestaciones aprovechando al máximo sus productos frescos, la herencia culinaria diversa (comida italiana, japonesa y árabe auténtica), y en general, existe aquí esa vitalidad de emocionarse por comer.
Mi última noche en Sao Paulo. La historia culinaria se repite y me encuentro nuevamente (esta vez con compañía) en otro lugar entretenido de sushi, Nakombi, una especie de restaurante japonés de playa, muy constrastante. Las cairpirinhas ya desaparecieron y el último bocado está nuevamente vestido como un nigiri de atún fresco con una lámina de gengibre rosado. Todo sabor, textura, como se siente la carne y como se desintegra suavemente como mantequilla en mi boca, y luego su presencia permanece un momento después de haberse ido. Me doy cuenta entonces que estos “últimos bocados” son quizás una métafora de mi experiencia y sentido por Brasil, pura delicia por venir.
19:05 Posted in PLACERES MAGAZINE (Chile) | Permalink | Email this
