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Monday, July 11, 2005
El Día Después (Revista Placeres, Julio/Agosto 2005, Edición 5)
Por Liz Caskey
Imagínate lo siguiente, todos hemos estado aquí. Estoy en la cama, semi viva, con una jaqueca a full. Ya he establecido; si hago cualquier movimiento brusco en cualquier dirección, mi cerebro chocará directamente contra mi cráneo (o así parece) provocando un dolor intenso e intolerable. Esta misma lógica aplica a intentar levantarme y/o salir de la cama -incluso para tomar una aspirina. ¿Desayuno? Pleeeaazz, sólo sal de fruta y un vaso grande de agua. Revisando mi actual precario estado, comienzo a recordar (todavía borrosamente) de la cena de anoche… los mojitos, ayyyy…. y el champán, y el vino tinto con la cena y después el coñac. ¿Cuántos habrían sido? Dios sólo sabe, o quizás mejor preguntarle directo a mi hígado.
Para la mayoría de nosotros amantes del buen comer y beber, la caña a veces casi parece ser un peligro ocupacional. Es el otro lado de disfrutar y compartir la fruta de la vid, o la destilación de ciertos granos. Mientras una caña no es necesariamente el resultado final de un par de copas, siempre me ha extrañado como tantos de nosotros que bebemos frecuentemente por placer vuelven una y otra vez a mostrar tendencias masoquistas tomando de más en una cena o fiesta. ¿Será que no registran las cañas en nuestros archivos cerebrales de memoria?
Fascinada con el tema, decidí durante el próximo mes “estudiar”, bueno, observar las cañas -tanto las mías como las de mis amigos: cuándo y cómo nos aparecen y dependiendo de la mezcla consumida, las diferentes variaciones que indudablemente tienen efecto sobre “las condiciones” el día siguiente. Antes de continuar, debo mencionar la siguiente observación generalizada (la he escuchado más de mil veces de mi mamá que durante toda su vida jura nunca haber tenido una caña... hmm). El agua es clave para disminuir o, de hecho, completamente prevenir una posible caña. Eso tengo muy claro. El problema normalmente surge en acordarse de este datito en medio de un evento muy entretenido donde, para mí por lo menos, es difícil negarse otro martini a cambio de un vaso de Evian.
Como regla principal, dividí los alcoholes en dos categorías : licores duros (y todos sus tragos asociados) y vinos/cerveza. En la área del copete duro, zona donde se debe tener más precaución, los tragos, tienden a ser los más peligrosos. Desde el Gin & Tónica a tragos más “femeninos” y dulces como los Daiquiris o el famoso Tom Collins, todos pegan un punch fuerte, en parte por su alto grado alcóholico pero también porque tienden a tener sabores ricos que cubren o esconden el alcohol. ¿El efecto? Se toman como si fueran jugos (aunque no lo son) y en este estudio, producían lejos el peor estado de cabeza y estomago la mañana siguiente, independiente de la cantidad (todos hemos visto a primera mano este ejemplo con un par de margaritas “inocentes” acompañando unas enchiladas). Ahora, licores duros tomados solos como whiskey, bourbon, vodka (martinis incluidos aquí), tequila, etc., también son culpables, literalmente, de golpearnos por la cabeza. Lo bueno es que normalmente se tomen como aperitivos o bajativos y usualmente no en tanta cantidad (matrimonios no cuentan aquí). La gran excepción a esta categoría es el Bloody Mary. En lo personal, es mi veneno preferido a la hora del brunch. Además se dice que puede curar cualquier caña. Eso podría ser cierto, aunque creo que lo más probable es que esconda nuevamente la caña con sabor a tomate.
En el campo de los vinos, el vino espumoso y los blancos tienen la fama de ser la causa de todas las migraínas con las que amanecimos la mañana siguiente, con o sin excesos (La pregunta millionaria es si realmente las burbujas son las culpables...). También tomar vinos tintos antes de los blancos no es una combinación muy aconsejable ni inteligente, induciendo dependencia analgélsica en la A.M.. La cerveza sólo parecía provocar cañas “light” o incluso no existentes por su bajo nivel de alcohol y alta cantidad de líquido (hablando puramente de la cerveza chilena, la de Bélgica es otra historia). Más encima, es un diurético que te manda al baño cada 15 minutos, y es tan contundente como comer pan—habrá que consumir por lo menos 4,000 mil calorías de ella para llegar a tener una caña.
Y finalmente, ¿se acuerdan de esa regla sagrada de tomar en la universidad? ¿La que dice jamás mezclar las categorías de copetes? En mi universidad gringa esa lema era, “Beer before liquor never fear; Liquor before beer never sicker”. Bueno, así es. Si no la respectas, terminarás con una caña garantizada y fea—o quizás podría ser buena oportunidad de comprobar ese consejo de mi madre--tomar mucha agua en ese evento que estás asistiendo. Como sea tu decisión, cheers!
Para la mayoría de nosotros amantes del buen comer y beber, la caña a veces casi parece ser un peligro ocupacional. Es el otro lado de disfrutar y compartir la fruta de la vid, o la destilación de ciertos granos. Mientras una caña no es necesariamente el resultado final de un par de copas, siempre me ha extrañado como tantos de nosotros que bebemos frecuentemente por placer vuelven una y otra vez a mostrar tendencias masoquistas tomando de más en una cena o fiesta. ¿Será que no registran las cañas en nuestros archivos cerebrales de memoria?
Fascinada con el tema, decidí durante el próximo mes “estudiar”, bueno, observar las cañas -tanto las mías como las de mis amigos: cuándo y cómo nos aparecen y dependiendo de la mezcla consumida, las diferentes variaciones que indudablemente tienen efecto sobre “las condiciones” el día siguiente. Antes de continuar, debo mencionar la siguiente observación generalizada (la he escuchado más de mil veces de mi mamá que durante toda su vida jura nunca haber tenido una caña... hmm). El agua es clave para disminuir o, de hecho, completamente prevenir una posible caña. Eso tengo muy claro. El problema normalmente surge en acordarse de este datito en medio de un evento muy entretenido donde, para mí por lo menos, es difícil negarse otro martini a cambio de un vaso de Evian.
Como regla principal, dividí los alcoholes en dos categorías : licores duros (y todos sus tragos asociados) y vinos/cerveza. En la área del copete duro, zona donde se debe tener más precaución, los tragos, tienden a ser los más peligrosos. Desde el Gin & Tónica a tragos más “femeninos” y dulces como los Daiquiris o el famoso Tom Collins, todos pegan un punch fuerte, en parte por su alto grado alcóholico pero también porque tienden a tener sabores ricos que cubren o esconden el alcohol. ¿El efecto? Se toman como si fueran jugos (aunque no lo son) y en este estudio, producían lejos el peor estado de cabeza y estomago la mañana siguiente, independiente de la cantidad (todos hemos visto a primera mano este ejemplo con un par de margaritas “inocentes” acompañando unas enchiladas). Ahora, licores duros tomados solos como whiskey, bourbon, vodka (martinis incluidos aquí), tequila, etc., también son culpables, literalmente, de golpearnos por la cabeza. Lo bueno es que normalmente se tomen como aperitivos o bajativos y usualmente no en tanta cantidad (matrimonios no cuentan aquí). La gran excepción a esta categoría es el Bloody Mary. En lo personal, es mi veneno preferido a la hora del brunch. Además se dice que puede curar cualquier caña. Eso podría ser cierto, aunque creo que lo más probable es que esconda nuevamente la caña con sabor a tomate.
En el campo de los vinos, el vino espumoso y los blancos tienen la fama de ser la causa de todas las migraínas con las que amanecimos la mañana siguiente, con o sin excesos (La pregunta millionaria es si realmente las burbujas son las culpables...). También tomar vinos tintos antes de los blancos no es una combinación muy aconsejable ni inteligente, induciendo dependencia analgélsica en la A.M.. La cerveza sólo parecía provocar cañas “light” o incluso no existentes por su bajo nivel de alcohol y alta cantidad de líquido (hablando puramente de la cerveza chilena, la de Bélgica es otra historia). Más encima, es un diurético que te manda al baño cada 15 minutos, y es tan contundente como comer pan—habrá que consumir por lo menos 4,000 mil calorías de ella para llegar a tener una caña.
Y finalmente, ¿se acuerdan de esa regla sagrada de tomar en la universidad? ¿La que dice jamás mezclar las categorías de copetes? En mi universidad gringa esa lema era, “Beer before liquor never fear; Liquor before beer never sicker”. Bueno, así es. Si no la respectas, terminarás con una caña garantizada y fea—o quizás podría ser buena oportunidad de comprobar ese consejo de mi madre--tomar mucha agua en ese evento que estás asistiendo. Como sea tu decisión, cheers!
15:55 Posted in PLACERES MAGAZINE (Chile) | Permalink | Email this
