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Monday, October 03, 2005
Paris por Primera vez (Revista Placeres, Sept/Oct 2005, Edición 6)
Por Liz Caskey
Estoy mirando por la ventana del tren al negro profundo cuando mi oído comienza a sentir un hormigueo y luego detona por la presión. Con un sensación leve de estar en un vacío, P-U-M, salimos del Chunnel. El sol aparece con toda su fuerza por primera vez en varios días (ingrediente apetecido en Londres). Me acomodo en mi asiento y sonrío. Por fin estoy en el continente europeo, por primera vez en Francia. El paisaje de cerros verdes y suaves está pimientado por esporádicas villas que parecen adormecidas, casas de techos inclinados, altos, rojos e iglesias de piedras grises. Gradualmente el campo se diluye hacia un panorama urbano y sin más ni más, estamos en la Gare du Nord. “Bienvenue a Paris”, me dice el conductor. Con mi francés vergonzoso, lo único que se me ocurre responder es, “Merci Beaucoup”, una frase que desgastaré durante las próximas dos semanas.
Técnicamente hablando, esta es mi primera vez en Paris, aunque sea corta. Estoy en tránsito, una hora en el laberinto profundo del metro de la ciudad, una verdadera sauna en el verano, moviéndome de una estación interregional a otra, en camino a Bordeaux. Viajo Paris a través de sus paradas del metro: Les Halles, Chatelet, St. Michel, mentalmente imaginando como la ciudad debe verse al nivel de la calle. La mezcla étnica de la gente definitivamente es una sinopsis de su diversidad, barullo y actividad frenética. Sin embargo, Paris tendrá que esperar por ahora: es mi última parada en mi gira por Europa. Volveré la próxima semana.
Paris puede ser abrumador, decidí entonces deshacerme de mi guía de la ciudad (menos la sección sobre restaurantes) y usar sólo un mapa. Mi instinto de guata era que el Paris verdadero se vivía en sus calles, cafés, tiendas, mercados, edificios, mezquitas/iglesias y por supuesto en contacto con su gente. Podía sentir el peso histórico de la ciudad con su plétora de museos y monumentos, pero sobre todo, quería experimentar la vida cotidiana parisina. Durante una semana, recorrí sus calles en un trance. Caminé todos los arrondissements centrales además de algunos más lejanos con mis amigos locales (como Belleville para comida china auténtica). Yo solía seguir una senda gastronómica combinado con visitas a lugares de interés como Le Fab Four : Notre Dame, Sacré Coeur, Arc de Triomphe, la Torre Eiffel. Vagaba por mercados locales orgánicos (se puede mirar pero no tocar, precios altísimos), restaurantes y picadas étnicas, tiendas de queso, panaderías y pastelerías, chocolaterías, pasillos de especias exóticas, salas de té, y claro, el espresso parisino tomado en uno del millón de cafés en la ciudad (tienes que amar una ciudad donde “tomar café” se eleva a un deporte, con las sillas y mesas alineadas en filas para una vista sin obstáculo).
Marais, mi centro de operaciones para explorar Paris, tenía una vibra muy familiar que me recordaba del Village en Nueva York, por su comunidad gay y judía, y el sentido de “barrio”. Encontré placeres simples ahí, comprar bagels frescos en la panadería judía para el desayuno; o cenar unos crepes livianos con una copa de Rosé seco en el Place Saint Catherine (una joya parisina, algo difícil de encontrar, cerca del Places des Vosges). El barrio latino me cautivó con su mezquita árabe construida de azulejos verdes de Algeria. Me detuve en el patio para tomar un té de menta fresca con dulces tunisianos, una especialidad de los inmigrantes norteafricanos. En Saint Germain y la Isla Saint Louis me encanté con sus vitrinas preciosas. Parecían postales de aceites, vinagres, helados, chocolates, quesos, vinos, foie gras, juguetes “design”, quesos, joyas. Cada tarde, paraba en algún café bien ubicado (en la esquina) para mirar la gente. Observaba a los parisinos tomar profundas bocanadas de sus cigarros y luego un sorbo de café mientras leían el diario. Me di cuenta que Paris es una ciudad que no se puede visitar ni entender en una sola visita—de hecho, conocerla bien podría demorar una vida entera, o en mi caso, muchos viajes y aprender algo de francés para lograr explorar al menos en su superficie.
Es mi última noche en Paris ahora y estoy posada en el reborde del Puente de Sully, sola, en el extremo este de la Isla Saint Louis. Me he invitado a un barquillo delicioso de helado de lavanda y crocante de miel. Es perfumado, dulce y sensual como la noche de verano. Mi reloj lee las 21:30 pero apenas es atardecer. La ciudad está envuelta en una luz dorada que de a poco convierte las fachadas blancas en un tono de violeta-azulado. Ahí en el Puente, inspiro mis alrededores hermosos; siento que estoy (casi) en una pintura de Renoir en este momento. ¿Cómo puede ser una ciudad tan bella, estilizada y deliciosa? Paris me ha seducido. Estoy enamorada. Mañana un avión me devolverá a la realidad, pero por hora, saboreo mi helado, dejando el barquillo crocante para el último bocado. Cuando termino, la noche ha descendido y la cuidad centellea. Una mirada más antes de irme a empacar. Sí, definitivamente guardé lo mejor para el último bocado.
22:40 Posted in PLACERES MAGAZINE (Chile) | Permalink | Email this
