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Sunday, December 11, 2005
Party On (Revista Placeres, Nov./Dic. 2005, Edición 7)


Por Liz Caskey
¿Es posible que la vida entera pueda ser una fiesta?. Claro, no literalmente pero vivir de una fiesta a otra hasta que recordando todas parece que su conjunto ha sido una celebración tras otra. Crecí en una familia que funcionaba así. Mis papas eran party animals totales. Okay, déjenme contextualizar esa frase porque, por lo menos en Estados Unidos, tiende a evocar imágenes de borracheras donde los invitados terminan desmayados en el sofa. Mis padres no caían en esta categoría sino eran gente muy social que adoraba fiestas y encuentros de todo tipo. Llamaban a las fiestas “el hilo de la vida”. Constantamente estaban organizando fiestas: armando el menú, invitando gente, cocinando, ordenando el día después. Todas estas celebraciones y festivos siempre giraban en torno al buen comer y beber. Y siempre desde niña, estuve incluida con los adultos.
Los festivos en mi familia eran ocasiones importantes pero algo forzadas para llevarse bien entre familiares. Mis papas solían ser maniáticos del control en cuanto a la planificación del menú, preocupándose de cada detalle con meses de anticipación, temiendo que cualquier pavo quemado arruinaría el evento (normalmente mis tías eran las culpables). Al final era más fácil que ellos hicieran todo—y a su (buen) gusto: pavo glaseado en jarabe de maple, relleno de stuffing de salvia y chorizo italiano dulce; filet mignon en costra de pimienta negra para la Navidad; y pierna de cordero masajeado con romero fresco para la Pascua.
Como niña, el festivo que me encantaba era Hogmanay, el Año Nuevo escocés. Celebrabamos con nuestros amigos-parientes escoceses mayormente para que mis papas pudieran “revivir” nuestra descendencia escocesa (que habían descubierto en sus viajes al Reino Unido). Una vez al año, nuestra casa se llenaba de gente alegre hablando inglés de acento extraño que no entendía; hombres que se ponían “faldas” coloridas (kilts) sorbiendo whisky single malt de color caramelo en un vaso corto (sin hielo); y el olor ahumado, rico, penetrante del Finnan Haddie, un plato muy delicado hecho de un delicioso pescado (Haddock) del Atlántico Norte, desmenuzado y cocido como cremoso guiso-pasta gratinado que mi mamá servía en conchas de ostión, con pequeños triángulos de pan tostado, mantecosos y crocantes. Ella sudaba tinta por hacer ese plato, y yo saboreaba cada gota.
Los cumpleaños también era razón para celebrar, en particular porque mi hermano y yo compartimos la misma fecha. Normalmente se hacía alguna fiesta temática (patinar sobre hielo vs. Guerra de la Galaxia) y siempre nuestra cena favorita con una torta casera (hasta hoy soy fiel al Pie de Ricotta), todos preparados, claro, por Chef Mom. Con los años, las fiestas se reemplazaban con viajes cortos para cenar en restaurantes especiales en Nueva York, Washington DC, Filadelfia o Baltimore. Mi hermano y yo durante la mayoría de nuestra niñez nunca nos llevabamos bien, pero curiosamente, nuestras celebraciones cumpleañeras en conjunto nos hicieron dar cuenta que el amor por la buena comida significaba que teníamos algo en común. Así “comer” llegó a ser nuestra zona de tregua. Incluso logramos entendernos en los cumpleaños, normalmente en algún restaurant siciliano medio mafioso, delicioso, siempre terminando con algún cannoli o tiramisu compartido y ambos con un capuchino (extra espuma, please).
Otras ocasiones que merecían pequeñas fiestas incluían logros —de cualquier tipo— desde un “A” en una prueba a ganar una carrera de natación. No sólo podía yo invitar a mis amigos, mis papas invitaban a los suyos para venir a disfrutar pizza estilo Chicago; enchiladas suizas; o hamburguesas gourmet en nuestro deck a la parrilla de gas. Era una excusa más, todo para tener gente en la casa. De niña, pasé muchos de mis fines de semana en cenas de los amigos gourmand de mis padres. Mientras los adultos golpeaban los tragos, el chisme y la preparación, nosotros declarábamos la guerra entre las chicas y los chicos en lados opuestos de la casa. En medio de alguna invasión en el cuarto de invitados, nos llamarían a la mesa para probar los frutos de su trabajo culinario; todo!, desde interpretaciones de Tagines marroquíes a chorizo “Amish” de pavo con puré casero y gravy. Devorabamos todo, acumulando energía para continuar la guerra, apareciendo luego sólo para robar algunos pertrechos-galletas. El carrete de los adultos continuaban y nosotros resolvíamos la batalla dormidos en algún rincón.
Revisando mi niñez y la vida actual, he reconocido que mi forma de vida y su ritmo sigue la misma línea de vivir de una celebración a otra. Aprendí de mis padres que las fiestas, de cualquier tamaño, son momentos para compartir (grandes y pequeños) con la gente que me rodea, me importa y quiero; claro siempre con la comida en medio del escenario. Party on.
22:50 Posted in PLACERES MAGAZINE (Chile) | Permalink | Email this
