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Sunday, February 26, 2006

Pecado Original

(Revista Mujer, 26-2-06)

Vengo haciendo una dieta durante casi todo el verano. Ha sido súper fome portarme bien gastronómicamente comiendo pura ensalada, yogurt light, todo baja grasa e imaginación. Sin duda funciona pero hace unas semanas, el día de mi cumple para ser exacta, me bajó una tremenda ansiedad de comer algo dulce y rico. Fruta no satisfizo nada. Tampoco esas galletas integrales con gusto a cartón fueron lo que buscaba mi paladar y no había ninguna jarra de Nutella en la casa para atacar. Algo desilusionada y ahora desesperada, decidí hacer algo drástico y casi ilegal (según las reglas de mi nutricionista): hacerme una torta de chocolate amargo sin harina. Lejos uno de mis dulces favoritos, anhelaba esa sensación de complejidad en mi boca que solo tiene el chocolate amargo y en esta preparación no se usa la harina así que su gracia es la textura húmeda y densa de puro chocolate junto a la riqueza de la mantequilla. ES un pecado total...pero cada caloría vale la pena.  

Torta de Chocolate Amargo sin Harina (8 porciones)

500g Chocolate amargo (Bitter), picado en trozos; 250g Mantequilla sin sal, picado en trozos ; 1/3 taza azúcar; 5 huevos; Equipo: Molde para queque con cierra palanca, engrasado con mantequilla

En un baño maría, derritir el chocolate con la mantequilla, revolviéndo para lograr una consistencia uniforme. Cuando esté derritido, retirar del fuego y dejar enfriar. Separar las claras del huevo de las yemas en 2 boles diferentes. Batir las yemas con la mitad del azúcar hasta que estén claras. Batir las claras para crear un merengue (firme, no duro), agregando de a poco el azúcar. Añadir la mezcla de chocolate a los yemas, combinando bien. Delicadamente incorporar ésta a las claras batidas, hasta que esté mezclado bien (debe ser color de chocolate oscuro). Colocar en el recipiente y hornear a 180 C por 50 minutos a una hora. Dejar enfriar y servir. Complementos extraordinarios: berries y vino espumoso seco (Brut).

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Monday, February 06, 2006

Viajar por Comer (Revista Placeres, Enero/Febrero 2006, Edición 8)

Por Liz Caskey

     “Hey Liz, what is THAT???” Una mujer alta y muy rubia grita en inglés, indicando con su dedo índice una bolsa llena de trozos oscuros de textura esponjosa que emiten un olor marítimo bien hediondo. “Cochayuyo,” respondo, “Y aún no tengo idea cómo comer ni qué hacer con eso. Huele y sabe al fondo del mar--es un gusto adquirido sólo por los chilenos.” Casi todas las semanas, sobre todo en esta parte del año, esta conversación se repite mil veces con los “gringos” que suelo recibir para los tours culinarios y de vinos. Provienen de todas partes del planeta: India, Grecia, Australia, Francia, Nueva Zelandia, Canadá, Costa Rica, Brasil y muchísmos de mi tierra natal, Estados Unidos, pero siempre llegan con el mismo interés fundamental: viajar por comer. Vienen a Chile no sólo para ver sus lagos cristalinos, los Andes, y la Patagonia y el Atacama; también se enamoran de Chile a través de sus mercados pintorescos con pescados distintos como la vieja o el congrio; sus viñas verdes que producen los increíbles vinos que toman en sus países; las picadas que sirven lo mejor de la gastronomía rústica con una dósis de la onda chilensis como agregado; los restaurantes más top que elevan los ingredientes locales y “cenar” a casi un acto religioso; y por supuesto, las paradas en el barrio--las panaderías, queserías, o pastelerías de la esquina donde aún se puede devorar un pan amasado caliente con un trozo de mantequilla cremosa metido adentro. Conocen la idiosincrasia y cultura chilena a través de su estomago y paladar—y la gente detrás de eso. Así llevan más que una imagen del paisaje Chile. La comida y la experiencia que la rodea sirve como una llave a entender la cultura. Comer y viajar se transforma en una experiencia total que todo el cuerpo asimila y recuerda.
     Para mi, el 99% de los destinos donde he ido o las culturas con las que sueño conocer son templos de la gastronomía donde los dioses son los quesos, los curries, el mole, las samosas, los tagines, o el paté. Comer ES el placer y punto central del viaje. La identidad de la cultura se revela a través de su manera de comer, qué comen y cuándo comen. Los aromas locales, como en México el olor de las tortillas de maíz recién hechas o el olor de un cafezinho en Brasil o hasta el olor a chocolate amargo de la fábrica en mi pueblo natal, son los souvenirs más potentes que puedo llevar de vuelta a la casa. Visitando las ferias, las supermercados, las tiendas especializadas, los restaurants y los bares son muchas veces más interesantes que los museos o “lugares de interés” que recomiendan los libros de viaje.
     De hecho, uno de mi pasatiempos más interesantes cuando viajo, que heredé de mis padres que siempre nos llevaban en “vacaciones culinarias” es visitar un supermercado local. Se podría interpretar como una costumbre casi rara pero realmente ahí se toma el pulso local de lo que está comiendo y cocinando la gente. Por ejemplo, en Estados Unidos hay pasillos dedicados a todas las etnias, comida hecha, mantequilla de maní y bajo carbohidrato todo; en Londrés cien sabores de chutney y el curry verde para llevar en tarro, congelado o fresco; en Francia, una multitud que no podía contemplar de quesos, mostazas, paté y chocolate amargo; en México, salsas de ají y mole; en Brasil, café, guaraná y en Sao Paolo mucho nori; y en Chile??, largos pasillos de mayonesa y manjar pero sobre todo, mucho, pero MUCHO pan. No sólo pasillos están dedicados al pan, sino sectores enteros del supermercado, además de cada tienda o almacen de la esquina (que puede dispensar o no alimentos). ¿Un culto fiel a la harina y levadura? Podía ser. Después de varios años aquí ya entiendo el por qué detrás de la obsesión con el pan en Chile en todas sus formas (hallulla, amasado, marraqueta, amasado y hasta los queques caen en esta categoria). La hora del té. Simplemente dicho, manda.
     Así que la próxima vez que están en el súpermercado, esperando en una cola muy larga a las 19:00 para pesar el pan, por favor, abran esa bolsa con la marraqueta caliente para que escape un chorrito de sus aromas sútiles. Para mí, es el olor que más asocio con Chile. El olor para mi de “casa” (y debo confesar que ni siquiera soy fanática del pan!). Quizás la comida es esa llave cultural con la que no sólo tenemos que viajar a tierras lejanas para descubrir sus delicisas pero también redescubrir y reconocer el propio lugar en que vivimos—la que se olvida en el acto diario de vivir cuando algo se hace común. Umm, respiren hondo, ese pan va a ir bien con la mermelada de frambuesa casera en el refri—y claro, el té.

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Sandiamanía (Revista Mujer, 05-02-06, Edición 1217)

Por Liz Caskey

El calor del verano. Esta es la parte del año que más adoro con su calor seco, tardes al lado de la piscina, noches frescas de terraza y por supuesto, la estación de la fruta. En esta época, la fruta es extremamente dulce y jugosa, madurada por la fuerza del sol quemante que ya anuló las otras frutas más delicadas como las cerezas, frutillas y damascos. Los sobrevivientes a estas alturas del verano suelen ser muchos melones como el calameño, tuna y sandía. Son increiblemente refrescantes por su alto contenido de agua y perfumados a la vez. Una manera entretenida para aprovechar la abundancia de ellos es hacer una “granita”, o básicamente jugo dulce congelado y quebrado en “granulas” de hielo. Es refrescante, facil de hacer e ideal para usar fruta muy madura (a punto de echarse a perder). A los niños les encanta porque parece casi un helado o para los adultos, se puede aumentar la diversión con una taza de vodka. La solución perfecta para el calor.
Granita de Sandía
½ sandía (rojizo y dulce); 2 tazas de agua; 1 taza de azúcar; 4-5 limones sútiles
Cortar la sandía (sin cáscara) en trozos medianos. Licuar con las pepas, luego colando para quedar con un jugo “limpio”. En una olla sobre fuego mediano, mezclar el agua y azúcar para disolver éste, haciendo un jarabe simple. Cuando esté totalmente disuelto (el líquido debe estar transparente), retirar del fuego y transferir a un bol para dejar enfriar (se puede apurar esta parte en el refri). Agregar el jugo de limón, jugo de sandía y vodka (si lo están usando) al jarabe. Vertir la mezcla en un recipiente largo de horno (los de lasaña o queque funcionan bien) y congelar por 4-5 horas, o durante una noche, hasta que la mezcla se haga hielo. Con un tenedor, raspar la superficie para soltar las granulas, creando “la granita”.

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