« Un Affair con Vino (Revista Placeres, Marzo/Abril 2006, Edición 9) | HomePage | Marry Me: Matrimonio a lo Gringo (Revista Placeres, Julio/Agosto 2006, Edición 11) »

Sunday, August 06, 2006

Eres lo que comes... (Revista Placeres, Mayo/Junio 2006, Edición 10)

medium_arcimboldo.jpg 

Por Liz Caskey

Estoy parada en la oficina de mi nutricionista para mi evaluación mensual. Me acaba de pinchar en varios partes del cuerpo con una herramienta que parece de una obra de construcción pero cuya única función es medir la grasa corporal. Luego, soy sujeto de una íntima interrogación sobre lo que como y tomo de forma diaria (sin mentiras) y cuánto me muevo o ejercito en una semana. ¿Suena fácil? No way. Cuesta muchísimo hablar sobre lo que uno come día-a-día (siendo 100% honesta) especialmente frente a alguien que trabaja puramente en analizar la comida en términos de calorías, grasa y carbohidratos, determinando luego lo que se podría llamar tu “real situación corporal”. He progresado mucho en los meses desde que comencé mi exploración en esta materia—esa de “saber comer” y “comer bien”—pero, aún así estas visitas me estresan como un examen en el colegio. El nutricionista me mira y con una leve sonrisa dice, “…Bueno Liz, dime lo que comes y te diré qué eres”. Me parece irónico que cite al famoso gourmand francés Brillat-Savarin, pero tiene un punto válido. ¿Somos lo que ingerimos?

 

Mi decisión de explorar este el “otro lado” del comer comenzó varios meses atrás cuando producto de un fin de semana repleto de cenas de Mole Oaxaqueño tuve la peor “caña” de comida en mi vida anexo al haber llegado a un plateau en el gimnasio. Sinceramente, juraba que las grasas de estas comidas “exquisitas” harían que mi hígado dejara de funcionar en cualquier instante. Algo tenía que cambiar o terminaría convertida yo misma en un paté. Así llegué a mi nutricionista en estado de emergencia para recibir un reality check duro: mi dieta era “natural” pero demasiada alta en grasas (y vino). ¿La sentencia? (Me cuesta escribirlo), una dieta de verduras, proteína magra, cantidades ridículas de yogurt light y un sólo pan pita al día. Me despedí (llorando) de la palta, el tomate, el buen aceite de oliva, la pasta casera, el queso (quesillo no cuenta), los curry, el paté, el chutney, el sushi, el chocolate amargo, los dulces, la mantequilla, hasta el salmón por un tiempo. Bienvenida al infierno culinario.

Durante el primer mes, maldecía mi nutricionista acusándolo de ser masoquista, tener un paladar fome, echarle básicamente toda culpa de la miseria que yo pasaba por cambiar la dieta. En realidad, fue más mi lazo afectivo y psicológico con la comida y extrañar ese placer primordial que me daba esas comidas ricas, o así pensaba. Pero después de dos semanas, y con resultados físicos muy rápidos, algo raro pasó: mi paladar comenzó a acostumbrarse y me sentí realmente distinta—súper bien. La comida tenía un sabor más intenso y como andaba ingiriendo porciones chicas todo el día -para mantener el metabolismo en alto-, el yogurt o una fruta simple parecía de repente una explosión de sabor indescriptible. Comencé ahora a anhelar comida liviana y sana; me satisfacía; derivaba en un placer intenso de ella, y sobre todo, me hacía sentir increíble.    

Seis meses después de este cambio de estilo de vida (con desafíos pero sin mirar atrás), he logrado un equilibrio en comer bien, tanto para mi cuerpo y salud como para el paladar. Algunos amigos siguen insistiendo que soy “obsesiva” o “exagerada” en tanta preocupación con la dieta y ejercicio pero insisto que todavía me invito a disfrutar esas excelencias—pero ahora con menos frecuencia y en pequeñas cantidades. He descubierto que esos antiguos sabores “ricos” que tanto adoraba y conocía ahora se han vuelto casi nuevos, intensos, profundos, misteriosos y termino saboreándolos más y comiéndolos menos. Retornando a la pregunta inicial (si somos lo que comemos), aún me extraña por qué hay un consenso generalizado que concebir el mundo a través de la comida es incompatible con mantenerse en forma. ¿Por qué ser un amante de la gastronomía significa que uno está automáticamente condenado a tener sobrepeso o flacidez? ¿Por qué uno no puede ser fitness con un paladar altamente entrenado, apreciando tanto la comida sana y liviana como las exquisiteces? Sería ridículo pensar que el placer del paladar se traduce sólo a las comidas que hacen mal y que el único camino para apreciarlo es la glotonería. ¿Si los grandes platos y vinos exudan y revelan equilibrio, no debe el paladar y cuerpo humano exigir lo mismo también? No deben ser mutuamente exclusivos; sólo son otros lados del espectro. Al final, el paladar es sólo la entrada de comida a nuestros cuerpos—no se le puede esconder nada-- el organismo humano asume todo. El gusto, por más rico que sea, tiene el efecto de una droga que sólo dura unos segundos.

Otra evaluación, hace poco donde mi nutricionista. Esta vez el saldo es bastante positivo. Desde que comencé he perdido algo más de 6% de grasa corporal (4 kilos de pura grasa) y mis músculos se están tonificando. Pero quizás lo más importante es el cambio fundamental en mi filosofía y conciencia hacia la comida y los hábitos. Me siento mejor. Me veo mejor. Mi paladar está más despierto que nunca. He aprendido que en vez de sólo pensar en absolutos, como sólo comer esto o aquello, puedo disfrutar de ambos lados del comer, como mi corvina a la plancha con ensalada durante la semana y el hedonista disfrute de cada bocado de curry hindú de saag de cordero el sábado. Equilibrio manda todo.  

18:25 Posted in PLACERES MAGAZINE (Chile) | Permalink | Email this

Post a comment