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Sunday, August 06, 2006

Marry Me: Matrimonio a lo Gringo (Revista Placeres, Julio/Agosto 2006, Edición 11)

Por Liz Caskey medium_Drinks_Options.2.jpg

Hace dos semanas asistí a mi primer matrimonio en muchísimos años en Estados Unidos—el de mi madre. Se casó por segunda vez y a diferencia de su primer matrimonio con mi padre (que fue frente a un juez en el cesped de su recién construida casa), decidieron hacer una pequeña gran fiesta para celebrar junto a todos sus familiares.

La verdad es que no sabía mucho qué esperar. Mi mamá nos había contado que el matrimonio iba a ser en un restaurant en una zona muy rural de la costa este de la Bahia Chesapeake, en el estado de Maryland. Ni mi hermano ni yo teníamos idea por qué escogieron esa zona en particular pero bueno, fuimos con nuestras parejas y el mejor espirítu. Mirando un mapa, lo único que yo podía discifrar de antemano del lugar fue que quedaba relativamente cerca al puerto de Baltimore (2 horas), desembocaba a un río importante en la Bahia Chesapeake (cuyo nombre ya no me acuerdo) y por ende habían miles de botes, pero quizás lo más importante, había , pero mucha, mucha Jaiva—y en todas las preparaciones culinarias que se podrían imaginar. Okay, vamos—para Mom.

El sábado del matrimonio, un día caluroso y con humedad pegajosa, muy típica de la costa este de Estados Unidos, partimos rumbo al destino del matrimonio: Georgetown, Maryland. Georgetown no tenía nada de “town”—sólo era una marina, un par de restaurantes, varias bares-picadas, un hotel y miles y miles de botes. El matrimonio fue en la sala privada del restaurant más fino de la villa—tan fino que aún se podía entrar con look casual--es decir, shorts, polera y hawainas. La ceremonia y la recepción fue en la sala privada; una sala simple pero que  luego del paso de mi mamá más temprano ese día, la transformó con su toque especial; decoración, los recuerdos y los  dulces caseros, quedó con mucho encanto. La vista del agua, los botes y el atardecer desde la terraza y grandes ventales del salón iba a dar el toque final. 

Llegamos a las 18:15 y ya había comenzado la fiesta con cocktails, para mí una tradición muy norteamericana que suele comenzar cualquier día de la semana a las 18:00 de la tarde. Como hacía mucho calor, casi todos los invitados (por lo menos mi hermano, mi abuelo y varios familiares de mi padrastro) estaban tomando algún licor con tónica, vodka o gin. Aunque estaba con ganas de lanzarme directo a los martinis mi pareja me convenció que fue mejor idea esperar para no terminar tomada ya que parte de ser el testigo para mi madre fue tener la responsabilidad de guardar el anillo. Me rendí y pedí una vodka tónica. Lo que me trajeron fue un vaso largo lleno de hielo picado (el hielo les encanta a mis compatriotas, no sé por qué), un golpeado (o menos) de vodka,  mucha agua tónica y lo peor, todo ya mezclado para ocultar las porciones exactas. Me parecía casi agua, aunque al riesgo de sonar copetera, sospechaba que tenía que ver con muchos años en Chile y esos tragos largos tan fuertes que suelen servir en bares ahí.   

La ceremonia fue linda y emocionante. Hacia el final, comencé a buscar por la esquina de mi ojo si las mozas venían con el champán—no, sólo más tragos. La pastora/juez, anunció “marido y mujer” a mi madre y su nuevo esposo, y en menos de 30 segundos, la pastora ya tenía su mano en el aire señalando un vodkatini seco. Estaba perpleja—¿DÓNDE estaba el champán? ¿Qué pasó con el brindis del matrimonio? Le preguntó a mi mamá y se rió (con comprensión) y me dijo, “Mi amor, aquí no somos tan aficionados del champán ni en zona vitivinícola. Lo siento, pero hay varios tragos ricos.” Ahh, es decir, nosotros (gringos) preferimos ir directo al copete duro. Acepté su respuesta, pero sentí que realmente se había perdido ese momento mágico de desearle lo mejor a una nueva vida juntas con una copa de vino espumoso y su simbolismo. No pareció ser lo mismo con una cerveza o trago en la mano. En todo caso, seguí a la pastora y varios otros invitados y pedí un vodkatini sucio, dos aceitunas.

Nos sentamos a comer, con los tragos obviamente, y mi pareja, ya cansado de ellos, preguntó a la moza qué vinos tenían. “Zinfandel” le contestó. “Ah, sí, eso me gustaría probar”. Esperando un vino tinto estructurado y redondo de Napa, lo que le llegó, a su decepción, fue todo lo contrario: el (in)famoso zinfandel blanco—un aguado, dulce, un casi-vino que el público promedio norteamericano compra por galón y adora. Sentí mucho la decepción de mi pareja pero de repente me di cuenta que estabamos en un lugar provinciano donde el (buen) vino no fue parte de sus vidas, por lo menos como era parte de la nuestra. Los cocktails y la cerveza reinaban. Me pareció obvio que para no seguir en contra de la corriente que había que olvidarse del vino un rato y juntarse al público tomando los clásicos cocktails norteamericanos saliendo del bar—que hizo relativamente bien: Tom Collins, Long Island Iced Tea, Bloody Mary, Gin & Tonic, Whiskey Sour, más martinis. Cenamos con martinis y Long Island Iced Tea y me sorprendió de hecho que funcionaba el maridaje con todos los platos—desde la ensalada delicosa con queso azul, berros y berries hasta los famosos queques exquisitos de jaiva. Al final, nos dimos cuenta que nosotros eramos los extranjeros mañosos--y bueno, como dicen, “Cuando en roma”...así que pedimos otro trago y disfrutamos del resto del matrimonio. Después de todo, el punto fue estar con mi madre y celebrar. Salud!

18:30 Posted in PLACERES MAGAZINE (Chile) | Permalink | Email this

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